Cada vez que la humanidad enfrenta una disrupción tecnológica mayor, la primera reacción es el miedo. Pasó con la imprenta. Pasó con la fotografía. Pasó con el cine. Y está pasando hoy con la inteligencia artificial.

Pero el miedo dista mucho de ser la lectura más completa.

El 9 de abril, Sadel organizó el webinar El Libro en el Mundo de la IA: Escenarios y proyecciones posibles, con el escritor y guionista Julio Rojas como expositor y Diego Muñoz Valenzuela, presidente del consejo de Sadel, como moderador. Tuvimos más de 340 personas inscritas. Este alto interés sin duda dice algo: hay una urgencia real de entender, no solo de resistir.

Lo que siguió fue una conversación que vale la pena desgranar con calma.

Sí, hay tensiones reales

Julio Rojas fue directo: el conocimiento humano — diálogos, libros, interacciones — fue capturado para entrenar sistemas de inteligencia artificial sin que nadie pidiera permiso. Eso no es un detalle menor. Es el núcleo del debate sobre derechos de autor en la era de la IA, y es exactamente el terreno en que operan las sociedades de gestión colectiva como Sadel.

A eso se suma un horizonte inquietante: hacia 2030, la producción de contenido sintético podría crecer a una velocidad que los seres humanos no seremos capaces de procesar. Rojas lo llama un colapso informacional, y anticipa que llega.

Negar estas tensiones sería irresponsable. Centrarse solo en ellas, también.

Lo que muchos no están viendo

Hay una paradoja en los datos que Julio presentó, y vale la pena detenerse en ella.

Contra toda intuición, el hábito lector no está bajando: está subiendo. A mayor volumen de contenido disponible, más las personas buscan discriminar qué vale la pena leer. Como en una ciudad donde hay más restaurantes — la gente no come menos, sino que aprende a elegir mejor.

Eso tiene consecuencias concretas para autoras y autores con oficio. La calidad humana no se deprecia en este escenario: se vuelve más escasa y, por tanto, más valiosa. La mediocridad, ya sea humana o sintética, queda abajo. Lo que tiene raíz, voz propia y profundidad emocional, se destaca y emerge.

Las obras publicadas antes de 2022 adquieren además un estatus nuevo: son garantía de autoría humana por defecto. Algo que ningún algoritmo puede replicar ni certificar. Eso es un activo, no una reliquia.

Y para las editoriales, el momento no es de declive sino de redefinición. En un mar de contenido sintético, la capacidad de distinguir qué es bueno y qué no —la curaduría— se convierte en una habilidad estratégica irreemplazable.

El rol de Sadel en este escenario

Sadel no existe para detener la tecnología. Existe para que el valor de quienes crean no quede sin representación frente a ella.

La gestión colectiva de derechos es exactamente eso: una estructura organizada para que autoras, autores y editoriales no enfrenten solos los cambios que transforma los ecosistemas culturales. Hoy, ese rol es más necesario que nunca.

El webinar del 9 de abril fue el primero de una serie. Hay más conversaciones por venir.

Como dijo Julio Rojas al cierre de la sesión: «volvemos siempre a la fogata como especie creativa.» La tecnología cambia. La necesidad humana de narrar, no.

Revisa la grabación completa del webinar